CATÁBASIS
Cuando lo vio bajo la parra, un punto blanquecino
en la distancia, supo que su búsqueda había culminado. Notó que el pulso se le había
acelerado antes de apresurar el paso. Al fin iba a volver a presentarse ante
él. Pero al aproximarse, su emoción se trastocó:
- Todos los próceres de la pomposa Atenas
quisieran que les compartieras en sus villas tus andanzas, Jenofonte, ¿y vienes
a perder tu tiempo y tu prestigio visitando a este viejo solitario en su
estéril gimnasio?
El anciano no había alterado su postura. Sentado
en una piedra antigua, apoyado en el bastón, permanecía absorto con sus pupilas
muertas fijas en algún lugar abstracto.
- Desde mi desembarco en El Pireo, oh
maestro, solo he buscado conversar con vos.
- ¿Conversar conmigo…? Hace años que
abandonaste este recinto convencido de que la única conquista duradera es la
que se obtiene con las armas, no con las palabras.
La fresca sombra del emparrado amortiguaba la
canícula de agosto. Las cigarras martilleaban su tabarra. De pie, el flamante
general era un nudo de tendones.
- ¿Y bien?- inquirió el anciano. Haz lo que
viniste a hacer. ¡Habla!
Jenofonte masticó un espanto remoto. Allí
estaba, en la llanura anatólica, alejado de cualquier auxilio, expuesto. Diez mil
compatriotas confiaban en su recién elegido comandante y él, frente al
formidable ejército de cien mil soldados persas ansiosos por aplastarlos, no
podía pensar con claridad.
- He escrito un volumen -balbuceó.
Jenofonte reparó en una imperceptible mueca
entre la ensortijada barba blanca. Tal vez fuera un gemido más que una palabra
lo que escuchó.
- ¿Un… volumen?
- Así es, maestro.
Un fogonazo barrió la amplia frente de
Sócrates. Jenofonte intuía la conmoción del genio pues, no muchos años atrás,
había hecho brotar en su discípulo un torrente de ideas sólidas sobre la
oratoria y contra los sortilegios de Tot para maniatar con la escritura la
libre expresión del pensamiento. Sus ojos, tan abiertos como inútiles, eran el presagio
de otra negrura, definitiva.
- En las interminables y heladas noches en
tierras asiáticas, sorteando al enemigo, temí que esta ciudad histriónica ya os
hubiera condenado a muerte.
- En ello están. Pero ya no me importa: me
he convertido en un viejo irreverente, pernicioso, prescindible…
-¡Por los dioses, no lo permitiré!
-¿Tú?
–interrogó sardónico el anciano. ¿El que ha traicionado mi pensamiento, petrificando
las palabras, el que ha asesinado y sepultado el lenguaje…? ¿Tú?
- No he sido el único académico en utilizar
la escritura –replicó Jenofonte con voz pastosa.
Sócrates derrotó su cabeza rala. Ensimismado,
garabatea ahora toscas volutas en la tierra con su bastón.
- No, tienes razón, no has sido el único.
Ni tampoco el que más daño ha hecho a este corazón vencido por el tiempo.
Donde se encuentran reunidos tres, cinco,
diez griegos, se halla un traidor entre ellos. Siempre ha sido así. Orontas no
necesitó ser muy convincente para ganarse a quienes condujeron a la trampa a
Clearco y los demás rectísimos generales. Yo, siguió hilando silencioso
Jenofonte, no he sido ni una cosa ni la otra, ni traidor ni héroe: solo me he
visto obligado a ser práctico. Eso he sido, se persuadió.
El anciano derrama extrañas lágrimas secas:
- En las siniestras dependencias de los
palacios, en los lechos de las heteras de los templos, entre los puestos de
hortalizas del mercado, entre los grupos de malolientes pescadores remendando
redes, en las manos de sucias uñas de los esclavos o, peor, en la enajenada
prosapia de los oikos adquiridos por pujantes
metecos… Allí me ha servido como bazofia Platón, a quien tanto amé, mi
discípulo predilecto…
- Pero, maestro, los volúmenes de Platón
harán mucho bien –alega Jenofonte. Así, cuando vos faltéis, la gente conservará
su entendimiento. Los hará más sabios al proporcionarles recetas para el
recuerdo y la sabiduría.
-¿Sabiduría dices, insensato? –el anciano
se ha alzado y agita brazos y bastón, como espantando fantasmas-. ¿Llamas
verdadera sabiduría a lo que está momificado en los horrendos rollos de papiro?
¿Crees que sabrán más por poseer? ¿Serán más sabios por tener palabras escritas
en el agua de la tinta y no en la indeleble memoria de los recuerdos?
Jenofonte no sabe qué responder. Como aquel
muchacho inquieto que escuchaba fascinado los debates que bullían en el
Cerámico, se siente ahora igual de atrapado por la dialéctica del maestro. No
hay salida. Toca transitar por parajes inhóspitos sin sendas trazadas, entre barrancos
y desfiladeros, escabulléndose bajo la noche, como en el desesperado regreso de
Asia. Sócrates brama.
- ¿No respondes, joven altanero? ¿Sigues
teniendo el vicio de pensar caminando hacia atrás, como los embaucadores? ¿O
acaso columbras contestarme escribiendo una nota? Yo mismo te lo digo: ¡no! ¡No
y mil veces no! Parecerá que saben mucho, aparentarán conocimiento, pero
seguirán siendo unos asnos. ¡Asnos, Jenofonte, asnos! Estarán henchidos, sí,
pero no de sabiduría, sino del orgullo de parecer sabios.
- Quizás al menos se sientan más felices
aparentando sabiduría…
El anciano se queda paralizado, inmóvil en el
último aspaviento. Jenofonte se da cuenta de su enésimo paso en falso. Dos
tercios de los suyos se quedaron en el camino, alimentando con sus cadáveres a
los buitres.
- ¡Descenso! Así deberás titular tu libro,
pues de esta manera te has maltratado dilapidando lo que aprendiste. ¿Acaso
puede existir felicidad verdadera sin conocimiento verdadero? ¡Descenso, no
subida! Tu expedición, como tu vida, es una deshonrosa huida, nunca una campaña
memorable, por mucho que mientan tus signos exteriores y el gentío te aplauda. ¡Catábasis,
no Anábasis!
Fueron las últimas palabras que recordaría
de aquel postrero diálogo estival. Lo tenía grabado en la memoria, con el
filósofo, al final, esbozando una sarcástica sonrisa desdentada. Sócrates tenía
razón. Pero una época auténtica desaparecería días más tarde con el vaso de
cicuta y lo nuevo tenía el brillo de su coraza pectoral y los loores del pueblo.
Sin duda, una Anábasis sería mucho más grata al público. Jenofonte decidió ser
práctico.
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